Los incendios que han golpeado Castilla y León durante los últimos días han dejado una huella especialmente dolorosa en la provincia de Ávila. Miles de hectáreas arrasadas, municipios evacuados o confinados, viviendas amenazadas, servicios interrumpidos y muchas personas obligadas a abandonar precipitadamente sus hogares sin saber cuándo podrían regresar ni qué encontrarían a su vuelta. El incendio iniciado en el entorno de Burgohondo llegó a extenderse por decenas de miles de hectáreas, afectando a numerosos municipios y convirtiéndose en una emergencia de una dimensión excepcional.
Desde la Federación Salud Mental Castilla y León queremos comenzar trasladando nuestro apoyo y solidaridad a todas las personas afectadas, así como nuestro reconocimiento a quienes han trabajado sobre el terreno: profesionales de extinción y emergencias, fuerzas de seguridad, personal sanitario y social, ayuntamientos, entidades sociales, personas voluntarias y ciudadanía que, una vez más, ha respondido desde la solidaridad.
Pero también queremos recordar algo fundamental: cuando las llamas se apagan, la emergencia no termina.
FAEMA: estar cerca cuando más se necesita
En esta crisis, nuestra asociación abulense, FAEMA Salud Mental Ávila, ha demostrado el valor insustituible de las organizaciones arraigadas en el territorio. Entidades que no llegan desde fuera cuando aparece la emergencia, sino que ya estaban allí, conocen a las personas, mantienen vínculos de confianza y forman parte de la vida cotidiana de los pueblos.
Los incendios afectaron directamente a servicios de FAEMA en Las Navas del Marqués, La Adrada, Sotillo de la Adrada, Burgohondo, Cebreros y El Tiemblo. Hubo que suspender servicios de promoción de la autonomía personal y asistencia personal, cancelar transportes y desalojar viviendas supervisadas, trasladando a sus residentes a otros alojamientos seguros en Ávila.
FAEMA puso además a disposición de los Servicios Sociales dos vehículos de nueve plazas y personal de la entidad para colaborar en los desalojos, no solo de personas usuarias de sus servicios, sino también de personas mayores residentes en recursos de la zona. Trabajadoras sociales, educadoras, profesionales de asistencia personal, responsables de viviendas y personal cuidador se movilizaron para preparar habitaciones, organizar medicación y alimentación, mantener el contacto con las personas evacuadas y coordinarse con los ayuntamientos y los servicios sociales.
Resulta especialmente significativo el acompañamiento telefónico realizado a personas mayores y con discapacidad que no accedían a las informaciones difundidas a través de redes sociales. En una situación de miedo y desorientación, una llamada para explicar qué estaba sucediendo, recordar la medicación necesaria o indicar qué objetos debían llevar consigo podía marcar una enorme diferencia.
Esta respuesta pone de manifiesto que las entidades del movimiento asociativo de salud mental son también infraestructuras sociales de emergencia. Su conocimiento del territorio, la proximidad, la flexibilidad y la relación continuada con las personas permiten llegar allí donde los dispositivos generales encuentran mayores dificultades.
Redes que ya existían antes del incendio
La emergencia ha afectado a municipios en los que FAEMA lleva años construyendo comunidad: La Adrada, Sotillo de la Adrada, Burgohondo, Las Navas del Marqués, Santa María del Tiétar o Casavieja, entre otros.
En estos territorios se han desarrollado iniciativas como JULIA: Mujeres Rurales y Salud Mental, impulsada por la Federación y ejecutada en Ávila por FAEMA. El proyecto ha creado espacios de encuentro y apoyo entre mujeres rurales en localidades como Las Navas del Marqués, Santa María del Tiétar, Casavieja y, más recientemente, La Adrada.
JULIA no es únicamente un programa de actividades. Es una red de confianza, sororidad y apoyo mutuo. Sus talleres ofrecen espacios seguros en los que las participantes pueden expresarse, compartir experiencias, reducir su aislamiento, fortalecer su autoestima y generar vínculos duraderos.
Cuando se produce una catástrofe, estas redes previas se pueden convertir en un importante factor de protección. Las personas saben a quién acudir, reconocen rostros cercanos, pueden compartir sus temores y encuentran una comunidad dispuesta a acompañarlas. Por eso, proyectos como JULIA representan una buena práctica en salud mental comunitaria, pero también una forma de prevención y preparación ante futuras emergencias.
Los daños emocionales también necesitan respuesta
Un incendio no destruye únicamente montes, viviendas, cultivos o medios de vida. También puede quebrar la sensación de seguridad, alterar los vínculos comunitarios y provocar miedo, ansiedad, tristeza, insomnio, desorientación, duelo o incertidumbre sobre el futuro.
Tal y como ha advertido la Confederación SALUD MENTAL ESPAÑA, después de los daños materiales aparecen daños emocionales y psicológicos que pueden afectar tanto a las personas como al conjunto de la comunidad. Estas consecuencias no pueden abordarse exclusivamente mediante dispositivos clínicos convencionales ni con intervenciones puntuales y aisladas.
La atención deberá mantenerse durante los próximos meses y prestar especial consideración a quienes presentan una mayor vulnerabilidad: personas con problemas de salud mental previos, personas con discapacidad, mayores, infancia y adolescencia, familias que han perdido su vivienda o sus medios de subsistencia, profesionales que han intervenido en la emergencia y mujeres que ya se encontraban en situaciones de aislamiento o precariedad.
Reconstruir también significa cuidar
Desde la Federación Salud Mental Castilla y León reivindicamos que la recuperación de las zonas afectadas incluya desde el principio una estrategia de apoyo psicosocial y comunitario a medio y largo plazo.
No basta con ofrecer una respuesta puntual durante los días de mayor alarma. Es necesario reforzar los servicios sociosanitarios, garantizar profesionales que trabajen desde la proximidad territorial, facilitar intervenciones individuales y grupales, realizar acompañamiento domiciliario cuando sea preciso y asegurar la continuidad de los apoyos para las personas que ya estaban vinculadas a los servicios de salud mental.
También resulta imprescindible una coordinación real entre administraciones públicas, servicios sanitarios y sociales, ayuntamientos y entidades del tercer sector. Y, sobre todo, es necesario apoyar de forma estable a asociaciones como FAEMA, que conocen los pueblos, permanecen en ellos y estarán presentes mucho después de que la emergencia deje de ocupar titulares.
Las respuestas deben tener una base territorial, perspectiva de género, enfoque de derechos humanos y vocación preventiva. Deben sostenerse en el tiempo para evitar que el sufrimiento se cronifique, favorecer la resiliencia colectiva y ayudar a las comunidades a reconstruir sus propios mecanismos de cuidado y protección.
Porque reconstruir no será solamente recuperar caminos, viviendas, explotaciones y espacios naturales. Será también recuperar la confianza, los vínculos, la tranquilidad y el sentimiento de pertenencia.
Ahora más que nunca, debemos invertir en comunidad. Ahora más que nunca, debemos cuidar las redes que ya estaban allí. Y ahora más que nunca, debemos reconocer y apoyar la labor de FAEMA y de todo el movimiento asociativo de salud mental.
Después del fuego, que nadie tenga que afrontar en soledad sus consecuencias.
*Foto: Emilio Fraile (El País)



