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Damián Alcolea: “Nadie es más valioso para contar su propia historia que él mismo”

Damián Alcolea: “Nadie es más valioso para contar su propia historia que él mismo”

Miedos y obsesiones marcaron la infancia y juventud de Damián Alcolea, un joven residente en un pequeño pueblo de La Mancha que gracias al apoyo incondicional de sus padres, y a la terapia EPR y la meditación en su edad adulta,  ha conseguido afrontar su trastorno obsesivo compulsivo (TOC), relegándolo a esa “sombra” que le acompaña pero no le condiciona.

Aprovechamos su participación en nuestras XV Jornadas Técnicas celebradas el 2 de junio en Soria para charlar con este actor y escritor que ha querido dar un paso adelante, y hablar alto y claro de su experiencia y de cómo se puede vivir con este tipo de trastorno mental.

– ¿Cómo afrontas tu diagnóstico de TOC?

– Cuando a mí me diagnostican ya llevaba muchos años sufriendo. Recuerdo muy bien ese día que le pedí ayuda  a mi madre, llorando, y le dije que algo no iba bien en mi cabeza. A ella no le pilló de sorpresa porque mi comportamiento errático era evidente. Era evidente mi sufrimiento. De ahí fuimos al médico y después a una psicóloga que es quien me diagnostica TOC, lo que fue un alivio porque así sabes que lo que te pasa no es algo único y que no estás sólo. Fue un primer gran paso y supuso mucha esperanza. En aquella época no había internet así que yo acudí a la biblioteca de mi pueblo, incluso en la asignatura de filosofía hice un trabajo acerca del TOC leyendo la parte del DMS relativa a esta patología.

– ¿Y cómo lo vive tu familia?

– En aquellos momentos el estigma aún era mayor. Recuerdo la sensación de que era el tema del que no se podía hablar. En mi pueblo no había psicólogos por lo que una vez a la semana mis padres me llevaban durante una hora a otro pueblo. A esta circunstancia no se le terminaba de poner el nombre exacto.

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– ¿El hecho de tener este tipo de patología en el ámbito rural genera diferencias a vivir en una urbe?

– Creo que en el ámbito rural sigue siendo más difícil porque hay menos accesibilidad a servicios. Está claro que si mis padres no me hubieran podido llevar durante cuatro años a un pueblo que estaba a una hora de distancia mi vida no hubiera sido igual. Y no todo el mundo tiene esta suerte. Está claro que el ratio de profesionales psicólogos por habitante en Europa es vergonzoso, pero en España aún más. Recuerdo que cuando en mi vida adulta tuve una época muy difícil y tomé contacto con la medicación, la psicóloga de mi zona daba citas de tres meses en tres meses. Esto no es la solución cuando alguien quiere quitarse la vida en ese momento y no dentro de ese tiempo.

– ¿Podemos entonces decir que el nivel económico también influye en la resolución de los problemas de salud mental?

– Es evidente que hay un clasismo. Vivimos en una sociedad que gozamos de un buen sistema de salud pero frágil y que, en mi opinión, todavía no presta toda la atención que debería a los más vulnerables. Yo he tenido mucha suerte pero otros no. Las personas que no tienen acceso a una atención psicológica de calidad está abocada a la crisis y al colapso. Nuestro sistema nacional de salud no debe olvidarse, sobre todo en el tema que a nosotros nos ocupa, de los más vulnerables como pueden ser las mujeres o el colectivo de reclusos, y las personas con un nivel económico muy bajo quienes necesitan de un programa político específico si no quieren abocarles al fracaso.

– ¿Cómo surge tu decisión de dirigirte profesionalmente hacia una ocupación de tanta tensión y exposición pública como es el arte dramático?

– Lo explico un poco en mi libro “Tocados”, porque desde muy niño sufrí acoso escolar debido a mi notable diferencia y no estar confundido entre la masa. Para mí encontrar el teatro fue una salvación porque me permitía ser libre, se me daba bien y me gustaba. En ello se da una paradoja y es que es muy terapéutico actuar, porque los pensamientos perturbadores que vivía desde pequeño se quedaban con muy poco espacio cuando interpretaba otro personaje. La interpretación me permite gestionar esos pensamientos más fácilmente y por otra parte es como evadir la parte de mi vida con TOC.

Damián

– ¿Para ti cuál ha sido la mejor terapia que has realizado?

– La terapia más efectiva es EPR, exposición con prevención de respuesta, donde te fuerza a hacer frente a tus miedos más profundos y a tus obsesiones más terribles. Según la comunidad científica se estima que este tipo de terapia cuenta con un 80% de efectividad en reducción de los síntomas. Es una terapia dura pero que en mi caso ha sido muy beneficiosa, gracias también a que he contado con una profesional altamente cualificada en esta terapia y que es imprescindible para obtener buenos resultados. Además, yo soy muy amigo de la meditación como una herramienta coexistente porque te ayuda a gestionar mejor tus pensamientos, a entablar una relación diferente a la de esclavitud, en mi caso. Yo no estoy curado del TOC y no creo en eso, porque además todos tenemos una sombra que nos va a acompañar siempre y una parte de la vida es aceptarlo, pero también aprender a vivir con ella. La clave es aprender a que “yo no soy mis obsesiones”.

– ¿Y qué supuso para ti decir alto y claro que tenías TOC?

– Fue un cambio radical en mi modo de vivir mi vida porque no creo que haya nada malo en ello, y por eso puedo hablar claramente del TOC. No tengo porqué sentirme avergonzado. Pero sí hubo una época en que lo vivía así y ahí fuera hay mucha gente que se siente avergonzada. Por eso yo cree mi blog “Diario de un TOC”  y porque no encontré, en el año 2007, ninguno en habla hispana. Y allí empecé con un seudónimo y luego pensé que no tenía ningún sentido. Al principio sentí miedo, y recuerdo cuando me quisieron entrevistarme la primera vez y al final vimos que no estaba preparado. Cada persona debe encontrar su momento. Lo que sí sé es que nadie es más valioso para contar su propia historia que él mismo; ser dueños de nuestra propia historia. Se puede contar o no, pero lo importante es cambiar la relación con el trastorno, de ser algo que te avergüenza a ser algo con lo que convives de manera normalizada.

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